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LEY DE LA RENOVACION COLECTIVA :: La magia de la autoorganización

En el caos los individuos son parte indivisible del todo, y la tendencia a interactuar es algo profundamente inherente a su naturaleza. La tercera ley nos enseña a seguir la corriente, abrazar la diversidad e integrarnos en el flujo de la autoorganización.

Por Claudio Fabián Guevara

La tercera ley del caos nos habla sobre los procesos de autoorganización que gobiernan innumerables fenómenos de la vida. La Ley de la Renovación Colectiva aborda por qué, sin necesidad de directivas centrales ni cadena de mandos, un número de agentes colaboran y ciertas cosas ocurren como por arte de magia.

La tercera ley del caos nos enseña a seguir la corriente de la cooperación, abrazar la diversidad e integrarnos en el flujo espontáneo de la autoorganización, desconfiando del aislamiento, la competencia feroz y los órdenes cerrados de la sociedad industrial.

Incendio en la playa

La última tarde de 2009, en una playa de Nayarit, sucedió la siguiente historia. En un campamento que reunía a unas cuarenta personas apareció una pareja de extranjeros para dar la voz de alarma por un enorme árbol que había comenzado a incendiarse a unos trescientos metros del lugar. Varios fueron a observar lo que sucedía. El evento era preocupante: a espaldas del árbol se encontraban la montaña y el bosque que circundaba la playa, y el fuego podía propagarse rápidamente por toda el área. Alguien telefoneó a Protección Civil, y dio datos precisos sobre la ubicación del incendio, pero los bomberos nunca llegaron.

Por suerte un pequeño grupo, armado con dos baldes, empezó a recoger agua del mar para arrojarla sobre el árbol. El ejemplar medía unos 25 metros, y la tarea parecía imposible, ya que el fuego había tomado la parte superior, adonde los baldazos no llegaban. Entonces alguien tuvo la idea de subir la pendiente montañosa que se erguía a espaldas del árbol, y comenzar a arrojar el agua desde allí. Con la ayuda de una cadena humana para transportar los baldes, el sistema comenzó a funcionar.

La presencia del primer grupo y el humo cada vez más visible atrajeron rápidamente a muchos otros. En pocos minutos una verdadera muchedumbre se pasaba los baldes de mano en mano para acelerar el proceso. Alguien trajo más baldes y una soga. De pronto niños, jóvenes y viejos, amigos y perfectos desconocidos, gente de diversas procedencias y que hablaba diferentes lenguas, se encontraban espontáneamente imbricados en la tarea. Al cabo de media hora el peligro fue conjurado y todos estallaron en un aplauso, súbitamente mancomunados por el combate victorioso.

La corriente de la autoorganización

Según la teoría del caos, el operativo para apagar el incendio en la playa fue un típico ejemplo de autoorganización. Comenzó a partir de la noticia portada por los extranjeros, que llevó a varios curiosos a caminar trescientos metros para verificarla. Los primeros dos o tres que comenzaron a arrojar baldes de agua sobre el árbol incendiado fueron un punto de bifurcación. La retroalimentación entre los primeros y los que se sumaron luego en la cadena de baldes, terminó de constituir un sistema que logró que el trabajo se hiciera. No hubo cadena de mandos, nadie dio órdenes ni planificó un esquema de trabajo previo.

La autoorganización social y la creatividad colectiva se dan así, espontáneamente en circunstancias muy diversas: un trabajo comunitario, un accidente en la vía pública, o cualquier evento colectivo donde aflora una necesidad. La gente empieza a unirse, a echar una mano, y las cosas se hacen.

Internet es otro ejemplo de autoorganización. Nadie controla la red, pero un sinfín de cosas sucede en ella. Las grandes organizaciones comerciales, jerárquicamente estructuradas, se han visto frustradas para moverse en la red según los rígidos mecanismos del beneficio. Cualquiera que navega por la red sabe que todo lo que hacen, simplemente sucede. Hay un orden, pero es caótico.

La cadena de trabajo espontánea de la playa y la nueva comunidad cibernética son ejemplos de organizaciones sociales radicalmente diferentes a la forma predominante en la moderna sociedad industrial.

Competencia vs cooperación

Desde la perspectiva del caos, toda la actividad en la naturaleza y en la sociedad es una actividad colectiva. En el caos, los individuos son parte indivisible del todo, y la tendencia a interactuar y autoorganizarse es algo profundamente inherente a su naturaleza.

La autoorganización crea formas muy adaptables y resistentes. Un buen ejemplo es el sistema de distribución de alimentos en una gran ciudad moderna, donde millones de agentes –empresarios, trabajadores, transportistas, autoridades, etc- participan en un esquema que ofrece a los ciudadanos todo tipo de productos comestibles las 24 horas del día. Cuando los gobiernos comunistas intentaron reproducir esto mediante planes quinquenales, presupuestos fijos y control central de los puestos de trabajos, el resultado fue escasez y desabastecimiento.

Los defensores del capitalismo pueden decir que el libre mercado es el responsable de que las cosas funcionen bien. Sin embargo, para la teoría del caos este ejemplo se explica de una forma muy distinta.

La ideología capitalista se basa en el esquema darwiniano de la lucha por la supervivencia donde la competencia es la principal fuerza que dirige la relación del individuo con el grupo. Según la teoría de la selección natural, la competencia, la jerarquía y el poder de dominación son la clave para la supervivencia.

El caos ha cambiado la perspectiva, mostrándonos que en realidad la biología está llena de “coevolución” -las especies, los individuos y el ambiente evolucionan en forma complementaria- y que la ”cooperación” tiene un impacto bastante más significativo que la competencia. La competencia es una idea limitada que no aprecia lo suficiente la profunda creatividad de la naturaleza, donde las relaciones de competencia se pueden convertir en relaciones de cooperación, y viceversa.

Para la creatividad caótica, la diversidad y la colaboración es lo más importante. Cuando los distintos individuos se agrupan tienen un tremendo potencial creativo. Se pierden ciertos grados de libertad, pero se descubren otros nuevos, y emerge una nueva forma de inteligencia colectiva.

El credo de la sociedad industrial

Nuestra moderna sociedad no se parece en nada a las formas autoorganizadas del caos. Adoramos el poder y creemos que es esencial para la supervivencia. Vemos el mundo en términos de ganadores y perdedores, nos sometemos a las órdenes jerárquicas y aceptamos la idea de que los que están arriba son mejores que los que están abajo. Nos reunimos en grupos y órganos sociales que se resisten a la diversidad y que operan como entidades cerradas en lucha feroz unas con otras.

Desde la perspectiva del caos, el problema es que los seres humanos nos hemos impuesto ideologías de poder, competencia y jerarquías por encima de nuestra tendencia natural a la actividad creadora colectiva. Los individuos nos sentimos partículas separadas, y damos por sentado que las acciones del conjunto deben ser coordinadas por esas estructuras externas. ¿Qué pasaría si dejáramos que la autoorganización cree nuestras comunidades, y forjáramos nuestras soluciones en el caos creativo?

 

 

Por Claudio Fabián Guevara

La tercera ley del caos nos habla sobre los procesos de autoorganización que gobiernan innumerables fenómenos de la vida. La Ley de la Renovación Colectiva aborda por qué, sin necesidad de directivas centrales ni cadena de mandos, un número de agentes colaboran y ciertas cosas ocurren como por arte de magia.

La tercera ley del caos nos enseña a seguir la corriente de la cooperación, abrazar la diversidad e integrarnos en el flujo espontáneo de la autoorganización, desconfiando del aislamiento, la competencia feroz y los órdenes cerrados de la sociedad industrial.

Incendio en la playa

La última tarde de 2009, en una playa de Nayarit, sucedió la siguiente historia. En un campamento que reunía a unas cuarenta personas apareció una pareja de extranjeros para dar la voz de alarma por un enorme árbol que había comenzado a incendiarse a unos trescientos metros del lugar. Varios fueron a observar lo que sucedía. El evento era preocupante: a espaldas del árbol se encontraban la montaña y el bosque que circundaba la playa, y el fuego podía propagarse rápidamente por toda el área. Alguien telefoneó a Protección Civil, y dio datos precisos sobre la ubicación del incendio, pero los bomberos nunca llegaron.

Por suerte un pequeño grupo, armado con dos baldes, empezó a recoger agua del mar para arrojarla sobre el árbol. El ejemplar medía unos 25 metros, y la tarea parecía imposible, ya que el fuego había tomado la parte superior, adonde los baldazos no llegaban. Entonces alguien tuvo la idea de subir la pendiente montañosa que se erguía a espaldas del árbol, y comenzar a arrojar el agua desde allí. Con la ayuda de una cadena humana para transportar los baldes, el sistema comenzó a funcionar.

La presencia del primer grupo y el humo cada vez más visible atrajeron rápidamente a muchos otros. En pocos minutos una verdadera muchedumbre se pasaba los baldes de mano en mano para acelerar el proceso. Alguien trajo más baldes y una soga. De pronto niños, jóvenes y viejos, amigos y perfectos desconocidos, gente de diversas procedencias y que hablaba diferentes lenguas, se encontraban espontáneamente imbricados en la tarea. Al cabo de media hora el peligro fue conjurado y todos estallaron en un aplauso, súbitamente mancomunados por el combate victorioso.

La corriente de la autoorganización

Según la teoría del caos, el operativo para apagar el incendio en la playa fue un típico ejemplo de autoorganización. Comenzó a partir de la noticia portada por los extranjeros, que llevó a varios curiosos a caminar trescientos metros para verificarla. Los primeros dos o tres que comenzaron a arrojar baldes de agua sobre el árbol incendiado fueron un punto de bifurcación. La retroalimentación entre los primeros y los que se sumaron luego en la cadena de baldes, terminó de constituir un sistema que logró que el trabajo se hiciera. No hubo cadena de mandos, nadie dio órdenes ni planificó un esquema de trabajo previo.

La autoorganización social y la creatividad colectiva se dan así, espontáneamente en circunstancias muy diversas: un trabajo comunitario, un accidente en la vía pública, o cualquier evento colectivo donde aflora una necesidad. La gente empieza a unirse, a echar una mano, y las cosas se hacen.

Internet es otro ejemplo de autoorganización. Nadie controla la red, pero un sinfín de cosas sucede en ella. Las grandes organizaciones comerciales, jerárquicamente estructuradas, se han visto frustradas para moverse en la red según los rígidos mecanismos del beneficio. Cualquiera que navega por la red sabe que todo lo que hacen, simplemente sucede. Hay un orden, pero es caótico.

La cadena de trabajo espontánea de la playa y la nueva comunidad cibernética son ejemplos de organizaciones sociales radicalmente diferentes a la forma predominante en la moderna sociedad industrial.

Competencia vs cooperación

Desde la perspectiva del caos, toda la actividad en la naturaleza y en la sociedad es una actividad colectiva. En el caos, los individuos son parte indivisible del todo, y la tendencia a interactuar y autoorganizarse es algo profundamente inherente a su naturaleza.

La autoorganización crea formas muy adaptables y resistentes. Un buen ejemplo es el sistema de distribución de alimentos en una gran ciudad moderna, donde millones de agentes –empresarios, trabajadores, transportistas, autoridades, etc- participan en un esquema que ofrece a los ciudadanos todo tipo de productos comestibles las 24 horas del día. Cuando los gobiernos comunistas intentaron reproducir esto mediante planes quinquenales, presupuestos fijos y control central de los puestos de trabajos, el resultado fue escasez y desabastecimiento.

Los defensores del capitalismo pueden decir que el libre mercado es el responsable de que las cosas funcionen bien. Sin embargo, para la teoría del caos este ejemplo se explica de una forma muy distinta.

La ideología capitalista se basa en el esquema darwiniano de la lucha por la supervivencia donde la competencia es la principal fuerza que dirige la relación del individuo con el grupo. Según la teoría de la selección natural, la competencia, la jerarquía y el poder de dominación son la clave para la supervivencia.

El caos ha cambiado la perspectiva, mostrándonos que en realidad la biología está llena de “coevolución” -las especies, los individuos y el ambiente evolucionan en forma complementaria- y que la ”cooperación” tiene un impacto bastante más significativo que la competencia. La competencia es una idea limitada que no aprecia lo suficiente la profunda creatividad de la naturaleza, donde las relaciones de competencia se pueden convertir en relaciones de cooperación, y viceversa.

Para la creatividad caótica, la diversidad y la colaboración es lo más importante. Cuando los distintos individuos se agrupan tienen un tremendo potencial creativo. Se pierden ciertos grados de libertad, pero se descubren otros nuevos, y emerge una nueva forma de inteligencia colectiva.

El credo de la sociedad industrial

Nuestra moderna sociedad no se parece en nada a las formas autoorganizadas del caos. Adoramos el poder y creemos que es esencial para la supervivencia. Vemos el mundo en términos de ganadores y perdedores, nos sometemos a las órdenes jerárquicas y aceptamos la idea de que los que están arriba son mejores que los que están abajo. Nos reunimos en grupos y órganos sociales que se resisten a la diversidad y que operan como entidades cerradas en lucha feroz unas con otras.

Desde la perspectiva del caos, el problema es que los seres humanos nos hemos impuesto ideologías de poder, competencia y jerarquías por encima de nuestra tendencia natural a la actividad creadora colectiva. Los individuos nos sentimos partículas separadas, y damos por sentado que las acciones del conjunto deben ser coordinadas por esas estructuras externas. ¿Qué pasaría si dejáramos que la autoorganización cree nuestras comunidades, y forjáramos nuestras soluciones en el caos creativo?

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